A bordo de La Bandida – Historias de roadtrip por Australia

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A bordo de La Bandida – Historias de roadtrip por Australia

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El día en que fuimos a buscar a La Bandida estábamos llenos de emoción. Al fin habíamos encontrado a quien sería nuestra compañera de ruta en nuestro próximo roadtrip por Australia y como un regalo, había aparecido ante nosotros superando todas las posibles expectativas que en nuestras mejores fantasías imaginábamos. Manejamos las calles de Adelaida llenos de adrenalina, con la mirada atenta y algo inseguros, teniendo en cuenta que aquel trayecto era, además del comienzo de una nueva vida, la iniciación en la conducción por el lado izquierdo y otro nuevo desafío.

Aquella tarde no fue solamente memorable por que estábamos cumpliendo el sueño de tener una casa rodante (por que nuestra van era toda una casa), sino porque también nos abría un nuevo comienzo, un viaje por uno de los países mas grandes que se pueden recorrer y que habíamos elegido como nuestro nuevo hogar durante el próximo año: Australia.

primer dia a bordo de la bandida

La Bandida, como la bautizamos, era una Toyota Hi-Ace del año 90, que después de haber pasado por varios dueños, se había transformado en un perfecto hogar sobre ruedas. En su interior contaba con gran variedad de muebles de madera pintados de azul y blanco cual casa griega, y sobre ellos todo tipo de artículos para hacer de ese reducido espacio, un hogar ideal y acorde con las necesidades de la vida moderna: lavabo, cocinilla, refrigerador, microondas y hasta un televisor que no encendimos nunca, eran algunos de los accesorios que decoraban esos tres metros cuadrados de felicidad. Sus aposentos, al mismo tiempo que funcionaban como cama, se transformaban en comedor, living, estar o simplemente en maletero, cuando nuestras mochilas y las (cada vez más) cajas que se iban acumulando con el paso de los días y los kilómetros.

Los primeros meses que habitamos La Bandida fueron de amor y odio. No es tan fácil acostumbrarse a la vida en un espacio donde cada mañana debes montar y desmontar como un tetrix, todas las piezas de tu casa. Se debe ser ordenado ya que cada cosa, por más pequeña que sea, tiene su lugar en el orden inalterable de la casa-van. Si te desordenas, poco a poco cada cosa comienza a desaparecer y cada nuevo encaje en el juego se vuelve más y más difícil.

Esos días cuando tienes que levantarte a las 5 de la mañana para ir a trabajar y es tu misma casa la que debe conducirte a los viñedos, para transformarse durante unas horas más tarde en comedor común ya que es el único lugar donde capear la lluvia hasta que al atardecer y ya todo lleno de barro, debe reconducirte a tu hogar, que paradójicamente es el mismo espacio pero en otro lugar. Estos son los días inolvidables. No solamente por la multifuncionalidad que se descubre acerca de cada objeto y las posibilidades que ofrece, sino por que después de una exhaustiva limpieza diaria, tu refugio se transforma en ese pequeño pedacito de cielo, donde un café con leche y una Tim-Tam te llevan directo al paraíso.

Y así de inolvidable es también aquella libertad. Ese absoluto y pleno libre albedrío, donde cada paradero en medio de una kilométrica y –a veces- eterna carretera se tiñe de hotel cuya dirección es siempre una estrellada noche en el medio de la nada. Aquellas tardes cuando no sabes qué hacer y simplemente manejas hasta algún rincón libre de ruido donde, puertas arriba y patas al sol, descansas y te enfrentas a esa naturaleza tan única como salvaje que aquel enorme país posee.

No sólo canguros y koalas se cruzaron en nuestro camino durante un año de viaje por Australia. Casuarios, ornitorrincos y una que otra serpiente también fueron parte del espectáculo, y aunque afortunadamente se mantuvieron fuera de nuestro hogar, no tuvimos la misma suerte con las arañas, los lagartos y casi casi los dingos. El dingo es un perro salvaje propio de Australia, descendiente del lobo y que vive sobre todo en la zona más desértica del país. Es un animal solitario y en ocasiones agresivo –aunque es posible verlo en manada- por lo general no socializa mucho con los humanos a no ser que ande en busca de comida.

En una de nuestras noches en el desierto, camino a King’s Canyon, paramos en un descampado a dormir. Éramos los únicos en un desierto inmenso y desconocido y con el placer del máximo silencio nos acostamos a dormir. Sucede a veces que al pasar la noche en lugares ajenos y tan alejadamente solitarios uno enciende el botón de alerta y hasta yo, que ni un terremoto me despierta, mantengo la alarma imaginaria ante cualquier posible peligro. Con ese sonido invisible en nuestras cabezas nos despertamos en mitad de la noche, observando a nuestro alrededor y sintiendo que ya no estábamos tan solos.

Como en el desierto Australiano, y en casi toda la mitad del país que vive más al norte del trópico de Capricornio, el verano se siente las 24 horas del día, dificultando para nosotros la tarea de dormir dentro de un auto sin ventilación, aire acondicionado o ventanas que se puedan dejar abiertas debido a los innumerables insectos que se sienten curiosos de visitarnos. Después de unas cuantas noches en las que los 45º de calor no nos dejaron pegar ojo, resolvimos la situación inventándo un método de ventilación anti-mosquitos artesanal y desmontable que nos permitió dormir con las dos puertas (trasera y lateral) de La Bandida abiertas y así generar, por lo menos, un ápice de corriente.

Levantamos la vista por sobre nuestras almohadas y tras los mosquiteros nos observaban cuatro ojos que brillaban sobre la oscuridad de la noche. Eran dos dingos que, supusimos, buscaban alimento en los paraderos de los turistas que se adentraban en sus terrenos. Durante largos minutos nos observaron, rodearon nuestra van y hasta marcaron territorio sobre las ruedas de La Bandida, dejando claro que éramos nosotros los intrusos. Tratamos de espantarlos pero nuestras tácticas parecían inducir todo lo contrario y cada vez los teníamos más encima y más curiosos. Ya pasado el miedo inicial, decidimos mantener la calma y hacer guardia. Nos quedamos quietos sobre la cama y mirábamos desde dentro intentando ocultar nuestra preocupación. Después de un rato, los dos se acostaron justo frente a nosotros (debido al calor dormíamos con la cabeza lo más cerca posible de la puerta trasera) y se quedaron ahí durante largas horas hasta que finalmente yo, que sentía la vigilia de Edu, me quedé dormida, despertando cada par de horas como piloto automático para confirmar que nuestros compañeros de camping seguían ahí… y siempre seguían ahí.

La última vez que desperté fue después del amanecer, y ambos dingos tal como habían llegado, habían desaparecido. Como una presencia mágica del desierto que aparece solo para ponernos en nuestro lugar. Desmontamos y montamos todo dentro de La Bandida lo más rápido posible y emprendimos la ruta un día mas.

atardecer en Uluru

Un día más de largas horas de silencio y soledad. Como cuando atravesamos la Eyre Nullarbor Highway, carretera que cuenta con una de las rutas rectas más largas del mundo con 146 km de extensión en los que, después de la inicial excitación, lo que sigue son cerca de dos horas en las que si no fuera por los canguros que se cruzan en el camino, bien podríamos haber dejado una piedra sobre el acelerador y dormir una siesta.

Un día más en el que pasas más tiempo dentro del auto que fuera, rezando para que la gasolina dure los próximos cien kilómetros que quedan por delante hasta la próxima roadhouse, pero también esperando esos atardeceres que el cielo regala junto al silencio del paisaje despoblado y preparando la cámara de fotos para el próximo encuentro animal inesperado. Un día más disfrutando cada parada como si cada uno de esos pequeños lugares en medio de la nada fueran tu hogar, por que en ese momento lo son.

El camino, además de aprender a afrontar los posibles peligros y dificultades que acompañan la vida nómade, se basa en disfrutar, en sentir cada uno de esos kilómetros como parte del mismo destino y que todos los minutos, las horas, los días y los inigualables segundos de viaje sean aquello por lo que vale la pena subirse a La Bandida, encender el motor y echar a andar.


→ Si quieres saber cómo hacer tu propio roadtrip por Australia, revisa aquí: Roadtrip Australia, las 10 cosas que debes saber antes de emprender la ruta

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