By Brujula y Tenedor
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Este artículo fue escrito como colaboración para la revista de viajes Nomading.travel por Brújula y Tenedor en Septiembre de 2018.
 

Veníamos de Australia, de su norte tropical, de playas, palmeras, cocodrilos que acechan en las mareas y días en los que el calor y la humedad obligaban a cobijarse bajo el aire acondicionado de cualquier tienda o café.

Llegamos a Nueva Zelanda, la tierra de la gran nube blanca —como su nombre en maorí, Aotearoa, lo indica— a mediados de abril. El otoño ya se había instalado y teñía de amarillo los pastizales que veíamos por la ventana de ese Air New Zealand que nos trasladó hasta Auckland.

El plan inicial era quedarnos unos días en la gran ciudad mientras hacíamos los trámites de recién llegados para esto, arrendamos una habitación en la casa de una familia china a través de airbnb a unos 30 minutos de viaje en bus del centro de Auckland. Solo nos hacía falta una cuenta de banco, chip de teléfono, número de impuestos y estaríamos listos para trabajar.

Ya llevábamos una Working Holiday en la espalda, más de 30 mil kilómetros recorridos en la gigante Australia y más de una experiencia aprendida en el mundo Oceánico: Acostumbrarse al peculiar inglés, a las costumbres y las dinámicas de trabajo no fue una tarea fácil. Sin embargo, y tras rebotar de pueblo en pueblo y de trabajo en trabajo, logramos adaptarnos y absorber los conocimientos y la experiencia para enfrentar un nuevo desafío. Llegar a Nueva Zelanda no sólo significaba cambiar por aires más fríos; era un nuevo comienzo. Sin embargo no todos los comienzos, por preparado que vengas, empiezan bien.

 

Un país más, un diente menos.

Tan pronto el avión tocó tierra, la brisa fresca hizo latente el cambio de temperatura. Pero no sólo cambiaba afuera: también lo hacía, sin que me percatara, en mi interior. En el trayecto de bus desde el aeropuerto a la casa, la cabeza me comenzó a dar vueltas, la frente me ardía y peleaba suspiro a suspiro con una náusea que me impedía caminar. Unas tres horas después de nuestro aterrizaje y junto a la lluvia incesante, logramos a pesar de la oscuridad llegar a nuestro destino. Durante una semana apenas dejé la cama y, entre la fiebre y la angustia por no poder avanzar, sentía que aquella gripe iba a prolongarse una eternidad. Cuando al fin tuve la energía para ponerme en pie y salir a la calle a realizar todos los trámites que quedaban pendientes, un dolor de muelas me advirtió que lo peor aún estaba por venir.

—We’ll have to extract it —dijo el dentista, y comenzó la extirpación molar más sanguinaria de mi vida. Su técnica magistral consistía en tomar el diente con un alicate y moverlo de un lado para el otro, cada vez con más ímpetu, hasta que mi cabeza revoleó en aquella silla de ortodoncia. Así durante 45 minutos hasta que, ya con una muela menos, la boca llena de algodón y probablemente algún músculo facial desgarrado, me recomendó guardar cama un par de días más. Nuestros ánimos quedaron por los suelos; yo sin poder dejar la cama en más de una semana, Carla intentando avanzar sin mucho éxito en los trámites de recién llegados y nuestro presupuesto cada vez menor considerando que habíamos tenido que extender nuestra estadía en la casa de los chinos. El inicio de nuestra aventura kiwi definitivamente no había empezando como esperábamos.

En busca del hogar móvil.

Algunos días más tarde y ya con las energías recuperadas, comenzamos a buscar la van: un vehículo en el que pudiéramos dormir y a la vez, recorrer diferentes lugares del país hasta encontrar el destino en el que quisiéramos vivir, trabajar y establecernos por unos meses. Nos quedamos en la casa de un “kiwi” —como se le dice a los habitantes de Nueva Zelanda— que contactamos a través de Couchsurfing. Su casa fue nuestro centro de operaciones para comprar nuestra casa-van y nos permitió volver a flote después de las primeras semanas de enfermedad. Buscamos por varios días a través de internet, redes sociales y visitas a ferias de automóviles hasta que finalmente la encontramos. Era un Toyota del ‘85 y, si bien había vivido tiempos mejores, contaba con todas las comodidades y el espacio para convivir durante el frío invierno neozelandés.

 

Junto a Tatoana, ¡nuestra casa-van!

 

A bordo de “Tatoana”, como la bautizamos por ser viejita (tata) y maorí (-oana), recorrimos playas, acantilados, colinas y campos. Visitamos cada pueblo mirando con ojos de futuro y nos imaginábamos viviendo en cada uno de ellos; buscábamos un lugar que nos permitiera vivir tranquilos, donde pudiésemos caminar desde el trabajo a la casa y donde hubiera ojalá alguna fuente de agua acompañara los atardeceres.

Postulamos a diferentes trabajos que vimos por internet y tuvimos entrevistas en hoteles de lujo en los que se alojaban actores de hollywood, políticos y miembros de la realeza, y también en bares de pueblo frecuentados por los cerveceros locales de cada día. Nada nos convencía (¿o sería que queríamos extender un poco más esas pequeñas vacaciones?) hasta que llegamos al gran lago Taupo. Enclavado en la mitad geográfica de la isla norte, era como el corazón acuático de la gran isla. Ahí, en una de sus orillas, un pueblo del mismo nombre nos invitó a quedarnos. No sólo el entorno natural de Taupo, con sus volcanes, lago y termas – que nos resultó deslumbrante – si no que a primera vista y a pesar de su reducido tamaño, una importante industria turística lo hacía para nuestro propósitos, el lugar ideal para intentar establecernos.

 

Atardecer en el Lago Taupo

Días de trabajo 

Después de haber vivido toda nuestra vida en grandes ciudades, cuando viajamos renegamos un poco de las urbes y preferimos establecernos en pueblos más pequeños. Las ciudades, sentimos, tienen un corazón gris e impersonal, tejido de cemento y metal, que late como un motor que nunca deja de revolucionar. Día y noche se puede escuchar ese constante zumbido que no duerme ni despierta.

Durante el primer mes en Taupo vivimos dentro de nuestra van, usamos los baños y duchas públicas y esperamos el momento en que tuviésemos la estabilidad de estar los dos trabajando y seguros de que aquel era el lugar indicado para vivir. Los primeros días nos dedicamos a repartir currículos por todos los restaurantes y hoteles del pueblo. A pesar de tener sólo 25 mil habitantes, Taupo es un enclave turístico importante en la isla norte pudiendo casi doblar su capacidad en las temporadas altas, por esto tiene incontables lugares donde pasar a comer, tomar una cerveza y alojarse. Pronto comenzaron a sonar los teléfonos. Primero contrataron a Carla de un restaurante de comida americana. Mi turno llegó un poco después y empecé a trabajar de bartender en uno de los restaurantes más frecuentados del pueblo. Recién ahí buscamos una habitación para hacer de Taupo nuestro hogar, y así fue como llegamos a una casa compartida, donde vivían también una chica canadiense y un australiano.

Con el pasar de los días con Carla terminamos trabajando en el mismo restaurant, y tras ganarnos la confianza y estima de los dueños, me propusieron quedar como supervisor del local. Con este nuevo desafío laboral, Taupo comenzó a transformarse en nuestro hogar. Hicimos amistades y además un viejo amigo, llegó a Taupo también con Working Holiday sumándose a nuestro hogar kiwi.

 

Jorge, Licho, Edu, Laura, Isa y Carla. La familia taupense.

 

Más que un viaje

Existe un punto en el camino en el que el cuerpo y la mente se adecúan a la rutina de ser parte de un lugar. Ya no miramos con ojos de visitante, donde todo tiene el brillo de la novedad, ya no nos sentimos extraños en medio de la fila del supermercado, ni nos golpeamos accidentalmente en la rodilla con la mesa del nuevo hogar. Un día nos percatamos de que los lugares son, de alguna forma, nuestros. Reconocemos a quienes frecuentan nuestro trabajo, a quien nos cocina el “fish and chips” los lunes por la tarde y a los deportistas que salen a correr cada mañana a la misma hora. Vivir en un lugar es conocerlo de nuevo, ser parte de él y entenderlo como parte de uno mismo.

Pasamos más de seis meses en Taupo, entre caminatas al borde del lago y noches de risas y trabajo. Pero llegó ese día donde quisimos volver a pisar el acelerador, golpear la autopista más próxima y observar los lugares que aún nos quedaban por descubrir del país. Working Holiday es el nombre de la visa y tal como lo indica, había que hacer un poco de cada cosa: algo de trabajo y algo de viaje. Así que nos aventuramos más de tres meses por las montañas, costas, ríos y noches estrelladas de Nueva Zelanda. El viaje nos hizo reencontrarnos con el motivo que nos había impulsado a ir tan lejos: ser un habitante más el planeta y estar en contacto con otros seres.

Viajar, pensamos, es como caminar de espaldas. Uno va casi a trompicones, apenas viendo dónde pisa, volteando para ver qué hay más adelante y aún así, sin nunca saber bien cuál será el destino final. Pero, a medida que los momentos pasan, todo adquiere un sentido y se ve mejor, y esa perspectiva nos ayuda a enfrentar los próximos desafíos. Sin embargo, uno no se puede detener a mirar para siempre por que la ruta se hace larga a medida que se avanza y a nosotros nos hace felices continuar recorriendo, día tras día, ese camino.

 

 

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One Comment
 
  1. Javier Aramburu / Febrero 22, 2019 at 3:38 pm /Responder

    Gran historia Edu, bacán que compartan estos relatos.
    Un abrazo

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