By Brujula y Tenedor
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Cuando nos propusimos partir en esta aventura de la vida nómade, sabíamos que teníamos que encontrar algún modo de realmente poder vivir viajando. Si bien es cierto que existen distintas formas para poder cumplir este sueño de tantos, en nuestro caso, y como ya llevábamos bastante carrete viajero en el cuerpo, decidimos tomarlo con calma. Esta vez queríamos vivir una experiencia diferente, queríamos dejar de ser habitantes de paso y poder viajar lento, y así asentarnos en distintos lugares y tener la posibilidad de conocer el lado más real y cotidiano de cada lugar. Fue por ello que decidimos tomar la opción de las visas Work and Holiday, y detenernos por un año de nuestras vidas a recorrer, trabajar y empaparnos de lo bueno, lo malo, lo bonito y lo feo que cada país tienes para dar.

Partimos con Australia, ya que era uno de los destinos que más nos llamaba la atención por distintas razones. El alto nivel en la calidad de vida, el trabajo bien pagado (y la posibilidad de ahorrar como nunca habíamos podido), sus icónicas ciudades y sobre todo, su extensa e increíble geografía y su inigualable fauna. Conseguimos la visa, y justo a tiempo, ya que cuando postulamos Edu estaba en el límite de la edad permitida, así que no lo dudamos ni un segundo y decidimos embarcar rumbo al país de los canguros. Llegamos en abril del 2016 a Sydney, con las mochilas llenas de sueños, expectativas y las últimas pertenencias que nuestro sedentarismo nos había dejado. La verdad es que no teníamos nada muy claro, no sabíamos dónde vivir, en qué trabajar ni si queríamos volver a establecernos constantemente en algún lugar. Fue así, entre dudas y desconocimiento, que llegamos a Adelaida, la capital del estado de South Australia, donde fuimos recibidos por Max y Nina (y Lucas, Lexi y Lara), quienes nos dieron la posibilidad de un hogar para poder comenzar y cumplir la única certeza que teníamos hasta el momento: hacernos de una van para poder vivir y atravesar el país en ella. Así fue cómo un día encontramos a La Bandida, nuestra fiel compañera de ruta que a pesar de la edad y los kilómetros, nos apañó sin arrugar (¡ni una rueda pinchada!) a lo largo y ancho del país y hasta el último momento.

 
edu y carla

Junto a la Bandida en las playas del norte tropical

 

Después de un par de meses en Adelaida y otros pequeños pueblos del sur de Australia, logramos juntar el primer poco de dinero para poder partir rumbo al norte en búsqueda del sol y nuevos comienzos. La primera mitad de nuestro año nos la pasamos más bien adaptándonos, buscando algún trabajo que valiera la pena y nos hiciera felices (todo el detalle de nuestra experiencia trabajando aquí), aprendiendo el idioma (o más bien, entendiendo el acento) y definiendo cuáles serían nuestro pasos a seguir. No todo fue color de rosa, y pasamos por más de un momento difícil y en el cual nos cuestionamos si nuestra decisión había sido la correcta, si había valido la pena dejar nuestras vidas anteriores, nuestra comodidad y afectos. Después de algunas peleas, muchas conversaciones y sobre todo, largos abrazos con el corazón abierto, decidimos continuar y apostar por otro día, una nueva aventura y más historias que contar.

Decidimos que nuestra misión en Australia no era solamente trabajar y ahorrar, o vivir la experiencia de habitar una gran cuidad, sino que lograr conocer la mayor cantidad de territorio y atravesar el mayor número de kilómetros que nuestro tiempo en el país nos permitiera. Muchas veces nos pasó que teníamos un plan definido, un destino al cual llegar y un itinerario que seguir, pero en medio del camino nos dábamos cuenta de todo lo que se asomaba delante de nuestras narices y a veces sin pensarlo, nos lanzábamos hacia un camino totalmente diferente, ya que a pesar de todo, lo más importante que teníamos, era nuestra libertad. Así recorrimos casi todo el país, atravesamos los seis estados y bordeamos toda la costa de esta gigantesca isla, y aunque el cansancio a veces nos jugó una mala pasada, o nuestros ahorros se vieron bastante disminuidos, hoy podemos reconocer a un país no solamente por sus iconos, sino que también por aquellos lejanos, pequeños y aislados pueblos en medio de la nada, por un sin fin de parques nacionales y por una abundante e inigualable vida salvaje que nos conquistó (y aveces también aterró) en cada segundo de los 365 días que este país nos recibió.

Pero como todo comienza, todo también tiene su fin y en abril del 2017 nuestra vida australiana expiró. Sin embargo, nada estaba perdido, ya que con mucha ilusión (y suerte), logramos conseguir una nueva work and holiday esta vez en Nueva Zelanda. Así, inmediatamente, partimos hacia Auckland, esta vez con la cabeza un poco más clara y con la confianza que habíamos acumulado en el anterior año. Sabíamos, por experiencias previas de algunos amigos, que Nueva Zelanda no era el paraíso del ahorro como sí lo es Australia, pero teníamos claro que, al igual que su gigante vecina, se trataba de un país alucinante para poder viajar, con una cultura única  y algunos de los paisajes más extraordinarios que hay por este lado del mundo. Fue así que nuestro plan inicial en este nuevo territorio se asimiló bastante al que tuvimos en Australia y llegamos con la convicción de que este nuevo empezar sería más sencillo y fácil que el anterior. Sin embargo, no lo fue, y quizás esa es una de las mayores lecciones que hemos aprendido en este tiempo, ya que cada nuevo comienzo tiene sus propios desafíos y todos los cambios implican sacrificios y posteriores beneficios que a veces en el corto plazo cuesta vislumbrar.

 
logo auckland

B&T en Auckland!

 

Nuestro primeros días en Auckland no fueron lo que esperábamos ya que nada más llegar, caímos en un resfrío satánico que nos tuvo más de una semana en cama y desencadenó en largos días de espera para poder realizar todos los trámites y papeleos que el establecerse en un nuevo país implica. Cuando ya nos sentíamos un poco mejor y podíamos comenzar a movernos, Edu cayó nuevamente en la cama gracias a una muela infectada que tuvieron que extirparle de urgencia y que nos costó no solamente el poco ánimo que nos quedaba, sino que también los últimos dólares que nuestro presupuesto inicial soportaba. Durante esos días extrañamos el hogar, tanto aquel que hacía más de un año habíamos dejado al otro lado del océano, como también ese pequeñito que habíamos formado en el norte tropical de de Australia. Nos preguntamos si ya no estábamos muy viejos para seguir con esta vida nómade, si quizás cada vez se nos iba a hacer más difícil y si todo lo que habíamos aprendido y superado serviría de algo. Las respuestas a estas preguntan llegaron tan inmediatas como se presentaron en nuestra mente, ya que si bien la duda es parte del camino cuando se toma una decisión importante, también teníamos claro que aquella misma decisión era totalmente nuestra, que nadie nos obligó o forzó a hacer ese cambio y por ello mismo debíamos abrazar todos los momentos que hacen de este camino la aventura de cada día.

Después del primer mes en el que estuvimos prácticamente encerrados en Auckland superando enfermedades, haciendo trámites y buscando a nuestra nueva compañera de ruta (que tomó mucho tiempo ya que nada ni nadie se compara a La Bandida), logramos salir de la gran ciudad en busca de nuevas oportunidades. Esta vez ya teníamos algunas cosas claras: no queríamos vivir en una gran ciudad y nuestro rubro laboral iba a ser “hospitality”. Con la experiencia que habíamos acumulado trabajando en Australia, pensamos que iba a ser fácil encontrar un buen trabajo para ambos y queríamos optar a más. Tuvimos bastantes entrevistas, desde centros de Ski hasta hoteles de lujo, pero finalmente y después de vagabundear por la isla norte, decidimos probar suerte en una pequeña ciudad al borde del lago que lleva su mismo nombre: Taupo. Después de un par de días dejando currículum por todos lados (literalmente en TODOS lados) nos llamaron de un par de lugares donde rápidamente comenzamos a trabajar. Vivimos en nuestra van durante algunas semanas mientras trabajábamos y decidíamos si este era el lugar para pasar los próximo tres o más meses. Decidimos que sí, ya que después de probar suerte en más de un local, logramos dar con un trabajo juntos y que aspectaba buenas cosas para el futuro. Finalmente nos quedamos en Taupo más del tiempo planeado y decidimos, a diferencia de lo que hicimos en Australia, probar otro modo y trabajar seis meses seguidos para la misma empresa, y después dedicarnos por completo a recorrer. Además de haber encontrado un lugar de trabajo en el que nos sentíamos cómodos, creo que también, si bien cada día amamos más este estilo de vida, necesitábamos hacer guardia por un tiempo y pasar el frío invierno neo zelandés cobijados por un techo y una pequeña estabilidad física y emocional. Gracias a esto conocimos gente increíble, superamos nuestras metas en el trabajo llegando a ser supervisores y “manager”  y logramos echar raíces hasta que los pies nos volvieran a picar y las ganas de partir fueran incontrolables. Así nos encontramos hoy, volviendo lentamente a la ruta, planeando los próximos pasos y expectantes de descubrir los hermosos rincones que este país tiene para ofrecer.

 
Mount Manganui

En la cima de Mt. Manganui, New Zealand

 

Nuestro futuro hoy no está asegurado (¡y el de quién lo está) como quizás lo estuvo hace un año atrás cuando obtuvimos la visa para este nuevo país, y no tenemos claro hacia dónde nos moveremos en los próximos días a venir, pero al mismo tiempo, si bien es un poco aterrador enfrentarse a lo desconocido, también es necesario para entender qué es lo que buscamos y es el empujón que necesitamos para asegurarnos que estamos en el camino correcto. Con todo esto, nuestra intención no es solamente compartir un pedazo de nuestra experiencia personal, si no que de alguna forma intentar inspirar a todos aquellos que aún dudan de tomar el riesgo de cambiar, y si bien hay que tener claro que no todo lo que brilla es oro y que la vida en viaje no está exenta de peligros, riesgos y problemas, el poder optar por cuál es tu propio camino es un regalo que no se debe desperdiciar.

 

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