By Brujula y Tenedor
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Pensar en la idea de conocer Torres del Paine siempre había sido un sueño lejano. Más aún de poder caminarlo y no desertar en el intento. Aún sabiendo que aquella parte de la Patagonia es territorio chileno, existe una distancia importante para aquellos que vivimos en la capital o incluso fuera de las tierras magallánicas. No solamente por los más de 3.000 kilómetros que nos separan, sino que también por una sensación de aislamiento que tan bien tenemos arraigada los chilenos. Existe en nosotros una especie de frontera imaginaria que nos da la idea que todo está más lejos de lo que realmente está, o que la posibilidad de llegar a ciertos lugares es casi imposible. Yo viví parte importante de mi vida con aquella sensación, y creo que quizás es producto de las inmensas fronteras naturales que nos alejan del resto del mundo, con la cordillera de Los Andes por un lado y el océano pacífico del otro, que para Chile, llegar al resto del mundo e incluso hasta su propio territorio más austral, sigue siendo una proeza difícil de alcanzar.

Cuando Edu me propuso ir a hacer el circuito O por el parque nacional Torres del Paine, todo en mí saltó de emoción. La felicidad de saber que ambos compartíamos el mismo destino deseado era evidente, y creo que aunque nunca lo hubiésemos conversado antes, nuestro casi un año de relación hasta ese momento había sentado las bases para que ese viaje fuese el punto de inflexión en nuestras vidas. Llevábamos cerca de nueve meses juntos, seis de ellos compartiendo el mismo techo y hasta ese momento todo iba viento en popa. Teníamos estabilidad y rutina, nos llevábamos bien en la convivencia y hasta habíamos logrado comprar un auto juntos. Sólo nos faltaba viajar –otros dirían un hijo-, pero no cualquier viaje. Uno que nos pusiera al límite de alguna forma, que nos sacara de nuestra conformidad y comodidad y nos mostrara ante el otro –e incluso ante nosotros mismos- hasta qué punto podíamos aguantar –nos.

Rápidamente acepté su propuesta y comenzamos a planear el viaje. Qué fecha era la mejor, nuestras posibilidades de pedir vacaciones en el trabajo y si teníamos el estado físico necesario para caminar los más de 120 kilómetros que el circuito demandaba. Después de varias salidas a la cordillera y tras habernos entrenado un poco, compramos los pasajes y partimos a Punta Arenas a finales de Octubre. Habíamos escuchado que Noviembre era buena fecha para visitar el parque, sobre todo por que hay poca gente en comparación al verano y el fuertísimo viento aleja las nubes y la lluvia. Sin confiarnos del todo, empacamos las mochilas con lo necesario para aguantar temporales y tormentas; carpa, saco, botas… unos paquetes de tallarines, y a caminar.

Llegamos al parque en un hermoso día de sol y nos percatamos –sin haberlo planeado- que justamente aquel mismo día (era un 1 de noviembre) el circuito O abría sus puertas. Agradecidos de no haber llegado un par de días antes, ya que eso hubiese significado la derrota total del inicio de nuestra travesía, comenzamos a caminar felices y llenos de energía rumbo al Serón (primer refugio del circuito). Con la excitación del primer día, tras cerca de seis horas de caminata, logramos llegar a nuestro destino. Aún recuerdo el momento en que nos sacamos las mochilas de la espalda y la sensación era como estar flotando en el aire. Asimismo es el instante en que te sacas los zapatos y tus pies cantan himnos de gloria y libertad. La primera vez que armas la carpa, la primera olla de tallarines y el primer desafío cumplido.

El segundo día nos esperaba una misión más difícil. La llegada al segundo refugio, ubicado al borde del lago Dickson, implicaba atravesar una serie de cordones montañosos donde el viento y las subidas iban a ser nuestros mejores aliados. Habíamos escuchado por ahí que en los días ventosos en la Patagonia podías inclinarte en el aire y dejar todo tu peso caer y la fuerza del viento te mantendría levantado. Ese día lo comprobamos. Y si bien agradecíamos en cada instante al viento por llevarse rápidamente las nubes y regalarnos los rayos del sol, cuando tienes que caminar por un precipicio y hay una fuerza externa que te empuja hacia el vacío, la lluvia pareciera ser una opción no tan terrible. Además de la dificultad del camino, casi lo peor era su extensión. Nosotros nos habíamos acostumbrado a realizar caminatas de entre cuatro y seis horas, pero caminar sobre montaña, con el viento en contra y durante casi ocho horas ya nos estaba matando. Lo peor sucede en ese momento en el que crees que te estás acercando, que ya queda menos y aparece ante ti un letrero con sus letras (y números) bien claras, diciéndote que sólo estás a la mitad del camino y que aún quedan otros no se cuántos kilómetros por delante. Finalmente y casi arrastrándonos, logramos llegar. Armamos la carpa por segunda vez, comimos tallarines por segunda vez y cumplimos el segundo desafío.

Al otro día nuestras espaldas y pies adoloridos nos dieron una advertencia y decidimos descansar un día más en Dickson antes de comenzar el inicio hacia el cruce de John Gardner; el momento que más anhelaba y temía de nuestro viaje. De todas formas, el refugio Dickson era el lugar ideal para descansar. El lago es impresionante, rodeado por enormes montañas y árboles que sacudidos por el viento y la nieve parecían luchar por mantener cada una de sus raíces en la tierra a cada segundo. Además nuestra premisa siempre fue –y es hasta hoy- disfrutar el camino. Nos estábamos compitiendo, como hace bastante gente en este tipo de recorridos donde más importa el tiempo que tardaste en llegar de un lugar a otro que el haber realmente estado ahí. Estábamos asombrándonos en cada segundo y con cada paso de uno de los territorios más indomables y salvajes que aún existen, y si aquello nos tomaba un día más, bienvenido sea.

 

Lago Dickson

Lago Dickson y la fuerza del viento

 

En la mañana del cuarto día partimos nuevamente, esta vez hacia Perros, un pequeño camping bastante más austero que los anteriores, ubicado en lo alto de las montañas entre bosques y glaciares colgantes. El camino hacia nuestra tercera parada fue bastante más amable que el anterior… Quizás por que ya nuestros cuerpos comenzaban a curtirse o porque lo hermoso del camino hacía que las horas pasasen más rápido, pero el caso es que la llegada a Perros culminó sin dolores ni sufrimientos.

Y llegó el día. Nuestra quinta madrugada amaneció más fría que nunca y después de desayunar unos huevos en polvo que más sabían a leche con harina, emprendimos el rumbo hacia el paso de John Gardner. Este es el momento crucial para todo caminante que se aventura por Torres del Paine. Una subida de 1.200 metros en una montaña cubierta de nieve con varios grados bajo cero, 16 kilos de mochila al hombro y el cansancio acumulado de tres o más días de recorrido no es cosa fácil para los que no somos deportistas. Y sin embargo, ahí estábamos. ¡Y quién nos había mandado! Yo, mientras subíamos y subíamos, sentía una mezcla extraña entre agote, arrepentimiento y orgullo que finalmente me empujaba a seguir. Miraba tras de mi a Edu que ya habiendo caminado cerca de cuatro horas y la última en una pendiente constante, no hablaba y sólo fijaba sus ojos en el suelo contando las respiraciones para poder seguir subiendo. Hasta que llegamos arriba. Y creo que jamás encontraré las palabras correctas para describir aquel momento, aquel paisaje y aquella sensación.

Fue como si todo el cansancio se hubiese desvanecido en un segundo. Como si al dejar de mirar el suelo y alzar la vista aquella subida no hubiese existido nunca. Lo primero que atiné a hacer cuando observé lo que había tras esa muralla de montaña que estábamos cruzando, fue tirar al suelo mi mochila y acercarme lo más rápido posible. Necesitaba confirmar lo que veían mis ojos y que aquel paisaje era real. Un interminable océano de hielo se presentaba frente a nosotros, como una masa de tiempo congelada a través de los siglos, haciéndonos volver al pasado y sentir, como nunca antes habíamos sentido, el peso y la magnitud de la naturaleza ante nosotros.

 

Carla Glaciar Grey

 

Lentamente comenzamos a bajar, ya que sabíamos que esa sería probablemente la única y última vez que tendríamos aquel espectáculo frente a nosotros. Cada paso se tornaba escenario para una fotografía, cada ángulo regalaba una postal perfecta y a pesar que nos hubiésemos quedado horas solamente sentados observando aquel paisaje, el tiempo apremiaba y el camino debía continuar. A medida que caminábamos, las energías renovadas se mantenían, porque también lo hacía el maravilloso escenario que nos envolvía. Nieve, árboles y grutas nos guiaban y el grandioso silencio y cantar del hielo nos acompañaba. Todo se fundía en armonía y hacía que todos los pasos que habíamos dado previo a ese andar, valieran su peso.

Así, totalmente absortos, llegamos al que iba a ser nuestro siguiente campamento. Sin embargo, poseídos por una extraña adrenalina, tomamos la decisión de continuar, no podíamos parar, no ahí, no en ese momento. Había que seguir caminando y las cuatro o cinco horas que siguieron a la toma de esa decisión, pasaron casi como un nuevo día. No había rastro en nuestros cuerpos de las anteriores seis horas cuesta arriba. Todo aquello había quedado para siempre junto a nuestras miradas en ese lugar infinito en medio del suelo y el magnífico Campo de Hielo Sur.

 
Glaciar

El inmenso Campo de Hielo Sur

 

Doce horas después de ese amanecer, arribamos al refugio Grey y fue como llegar a otro planeta. Nosotros veníamos de la soledad y el silencio lentamente acercándonos a lo que sería una travesía cada día más espectacular. Todavía no veíamos los cuernos ni las famosas torres de Paine y ya sentíamos que ese lugar era uno de los paisajes más perfectos que jamás conoceríamos. El encuentro con el glaciar Grey, si bien siguió siendo asombroso, nos enfrentó con el punto de término del circuito W, mucho más frecuentado y explotado turísticamente que aquel que veníamos realizando y nos volvió drásticamente a la realidad.

Decenas de carpas, refugios que más bien eran hoteles y cientos de personas se acercaban cada día para admirar, al igual que hacíamos nosotros, las maravillas de ese antes escondido pedazo de tierra. Intentando dar vuelta el chip y acomodarnos a esta nueva forma de caminar, ahora con más compañía, seguimos el recorrido por lo que nos quedaba del parque.

Una de las cosas que sí agradecimos de la segunda parte del circuito fue que las distancias disminuyeron considerablemente. Los tramos de un refugio a otro en el circuito W no duran más de cinco horas a paso lento y viendo todo lo que hay que ver. Es debido sí, tomarse el tiempo y hacer cada tramo en días diferentes, ya que cada uno de sus refugios esta situado cuál en un lugar más idóneo que el otro. Desde el glaciar Grey hasta las Torres, pasando por los Cuernos de Paine, el mirador Italiano y Paine Grande al borde del lago Pehoé, son, cada uno, el mejor lugar que se encontrará jamás para armar la carpa y despertar.

 
Paine Grande

Nuestra carpa en Paine Grande

 

 

Hay días, en cambio, que a pesar del paisaje, el cansancio irremediablemente se hace presente. Como cuando en nuestro penúltimo día subimos hasta la base de las Torres. Habíamos decidido desde un principio dejar el que supuestamente era el clímax de todo el parque para el final. Pensábamos que como se trataba de un trekking bastante concurrido, el camino iba a ser sencillo. No lo fue. Quizás por que ya llevábamos ocho días caminando y los diez y pico kilos de nuestras mochilas comenzaban a sentirse como toneladas, o quizás por que realmente no era una subida sencilla, y habíamos torpemente subestimado a todos los valientes que la caminan día tras día. Sea como fuere, y ya habiendo disfrutado de ese momento en que llegas a la cima, sacado las mil y una fotos que ese único lugar merece, y sólo con poco más de media hora restante de caminata hasta nuestra carpa, no pude más. Decidí quedarme parada en medio de la montaña, tirar la mochila al suelo y llorar. Lloré y berrinché. Edu aguantó mi pataleta, me acompañó en silencio unos segundos e intentó hacerme entrar en razón. Cuando él también entendió que mi ánimo no tenía una explicación concreta y que solamente era la manifestación de un cúmulo de intensas emociones, agarró mi mochila, se la puso al pecho y comenzó a caminar. Y no me quedó más que seguirle.

Y él me siguió a mí. Y caminamos juntos, uno mirando hacia arriba y el otro hacia al frente. Acompañados de cóndores, guanacos y zorros. Y en el momento en que creíamos que no podía haber nada más que nos sorprendiera, apareció entre la hierba y los pastizales, con su majestuosa presencia, la figura del esquivo e indomable felino de la cordillera. Era un Puma, que posando ante nosotros, a no más de 50 metros, dejaba en claro que ese territorio aún le pertenece.

Y seguimos caminando hasta hoy. Dos años después del viaje en que, además de celebrar nuestro primer aniversario juntos, descubrimos que la vida que soñábamos no estaba en la gran ciudad, en la idea de la casa propia o el ascenso laboral. No estaba en los bebés que pudiésemos hacer ni en las dos horas al día que teníamos para conversar. Descubrimos que queríamos escuchar juntos el silencio de la montaña y que la emoción de ver un animal libre era aún más perfecta si la podíamos compartir. Descubrimos que nuestros corazones viajeros también se enamoraron, y decidimos seguirlos, abrazarlos y nunca más dejar de caminar.

 

 

Vistas a Paine Grande

Cuernos de Paine desde Paine Grande

 

Edu Torres

Base de las Torres

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One Comment
 
  1. R b / Junio 16, 2018 at 3:57 pm /Respuesta

    Excelente artículo. A la altura del paisaje

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