Relatos de Viajeros: Un viaje de aprendizaje – Natalia Carreño

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Relatos de Viajeros: Un viaje de aprendizaje – Natalia Carreño

El siguiente texto es una colaboración de Natalia Carreño (@nata_nattita) para ByT. A Natalia la conocimos gracias a Instagram (por culpa de la pandemia aún no nos conocemos en persona pero ya es como si lo hubiésemos hecho) mientras viajaba por Australia y Asia. Junto a su mochila recorrió decenas de países en un viaje que le cambió la vida. Aquí nos cuenta un poco su historia y cómo tomó la decisión de embarcarse en esta aventura sin vuelta atrás.

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Natalia en Monster Building de Hong Kong

Crecí en una familia clase media chilena, la mayor de tres hermanos, donde nunca faltó nada, pero a la vez no había abundancia, por lo que mis padres siempre nos recalcaron el valor del esfuerzo y del estudio para poder “ser mejores que ellos” y así lograr salir de ese círculo. Tuvimos una infancia y adolescencia muy bella, sin embargo, hubo un momento clave que marca(ba) a la mayoría de los jóvenes en algún momento, la famosa PSU (Prueba de Selección Universitaria). Creo que fue uno de los periodos más tensos que recuerdo, con gran stress, cambios hormonales, etc. Todo dependía de los resultados de la famosa prueba para decidir sobre “tu futuro” y que a pesar de que mis padres no exigían nada verbalmente, se sentía el peso.

Al recibir los puntajes, me invadió una sensación de desazón, me faltaron cuatro puntos para la universidad que quería, por lo que opté por la segunda opción. A principios de la etapa universitaria, mi rendimiento no era el mejor y la exigencia era bien elevada, muchas veces me replanteaba si esa era la opción correcta, es que ¿cómo una persona de 17 o 18 años va a saber qué hacer “para el resto de la vida”?

En fin, los años pasaron, me adapté al ritmo universitario, comencé a querer mi carrera,  empecé a trabajar en la universidad y  conocí a mi novio, con el que planeábamos el típico futuro: casa, auto, casarse e hijos. Todo bien, pero la vida tiene puntos de inflexión, que te hacen verla de otra manera.

Días de cambios

Corría marzo del año 2012 y en mi rostro apareció una mancha, no le di mayor importancia. Pasó un mes y seguía intacta, por lo que decidí visitar a un médico, el cual luego de unos exámenes y unas semanas de espera, confirmó que el resultado era Lupus, una enfermedad auto-inmune que no tiene cura y que por ende, debía medicarme de por vida y cambiar muchos hábitos y la forma en que vivía mi vida hasta ese minuto. En esos instantes sentí un bajón emocional grande, pero gracias a mis seres queridos pude afrontarlo y seguir, pues ahora la enfermedad es parte de mí, sin ella no sería yo.

Al año siguiente, con 23 años, egresé de la universidad, me titulé y comencé a trabajar. Ingresaba al mundo laboral y con ello también, a tener acceso a un poder adquisitivo mayor con el cual pude comenzar a viajar con mi pareja.

Ya llevaba más de dos años trabajando, me habían ascendido en dos ocasiones, contaba con oportunidades de crecimiento en la empresa, me tomaba unas buenas vacaciones de dos o tres semanas cada año y tenía una relación estable de casi seis años, pero no era realmente feliz. Me comencé a preguntar: ¿y eso es todo? e inmediatamente me respondía, Naty, te has esforzado toda tu vida para lograr todo lo que tienes ahora, sé agradecida, sigue igual, y las dudas se alejaban.

Sin embargo, a la par que me auto-trataba de convencer de seguir igual, comenzaba a ver a ex compañeros de universidad que se iban a Nueva Zelanda con la visa Work and Holiday. Leía sus experiencias en Facebook, me quedaba pegada viendo las fotos y poco a poco empecé a averiguar del proceso: el 5 de octubre era el día de la postulación, y a pesar de cumplir con los requisitos, finalmente no apliqué, ni siquiera lo intenté… Mis miedos fueron más fuertes: ¿vas a cambiar todo lo que has logrado por algo incierto?  

La oportunidad está más cerca de lo que parece

Pasaron un par de meses y me fui de vacaciones unas semanas para luego volver al laburo. He aquí otro punto de inflexión lindo de la vida: quedamos con un compañero y amigo de trabajo de ir a tomarnos un cafecito, donde nos pusimos a hablar de mis vacaciones a lo que le pregunto por las suyas. Él me responde: “compramos pasajes para Australia para septiembre con mi polola”, lo felicité y le pregunté que por cuánto tiempo se iba, y me dijo que no eran vacaciones, que había decidido aplicar a la Working Holiday en Australia, que solamente le faltaba rendir el test de inglés. En ese momento, obviamente me vino el recuerdo de la Working Holiday en Nueva Zelanda y le comenté acerca de mi fallido intento, a lo que me dijo:

¿por qué no lo intentas con Australia?, revisa las fechas de la prueba de inglés.

Nos despedimos, pero quedé con la idea en mi cabeza, así que apenas llegué a casa, revisé las fechas para dar el examen de inglés y encontré que la más cercana correspondía justo a la fecha de mi cumpleaños. Pensé: “es una señal”.

Le comenté la idea de ir a otro país a vivir este tipo de experiencia a mi pareja pero no se mostró motivado al respecto, me dijo que él no estaba dispuesto a cambiar su vida en Chile pero que igualmente me apoyaba si eso era lo que quería. La verdad es que esa reacción hizo tambalear mi entusiasmo.

A los pocos días, nuevamente íbamos por un café con mi amigo y le comenté que me había inscrito para rendir la prueba (cosa que en ese momento no era cierta), y se mostró muy feliz al respecto. Finalmente me inscribí (no iba a quedar como mentirosa) y fuimos a dar juntos la prueba. A las pocas semanas obtuvimos los resultados, compré inmediatamente los pasajes y postulamos a la visa, que para ese año fue el primer periodo en el que se agotaron. Esperamos hasta julio la respuesta, la que fue positiva. Comenzaron los preparativos del viaje, practicar inglés, seguro de viaje, comprar lo necesario, las despedidas, presentar la carta de renuncia y con ello, una avalancha de carga laboral para entregar el cargo.

Llegó el “día D”, 14 de Septiembre de 2016, mi vuelo era a las 14:00 hrs, por lo que llegamos con mi familia y pareja tres horas antes al aeropuerto, donde nos enteramos que estaba retrasado, por lo que decidimos volver a casa. Creo que esas horas de espera fueron de las peores que he vivido; nos peleamos con mi pareja, por un momento dudé si quedarme o no, hasta que finalmente tomé el avión, aunque mis ganas de viajar se habían esfumado y tuve el peor vuelo que recuerde, lo lloré todo y eso que no soy de lágrimas fáciles.

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Primeros días en Australia

Por fin llegué a Sydney y obviamente lo primero que hice fue ir a ver el Ópera House y toda la zona del Circular Quay. Todo muy hermoso, en realidad ya sentía que había cumplido mi sueño.

En mi primer día una chica que había conocido a través de un grupo en Facebook, me ayudó con los trámites de la cuenta de banco y teléfono, pues mi inglés era casi nulo; una de la razones por las cuales había decidido migrar. Pasaron los días y comenzó la búsqueda de casa, tardé solamente dos semanas en encontrar una pieza, y luego dediqué a empapelar Sydney de Resumes (Currículums) y a dedicar mínimo dos horas al día a la búsqueda de trabajo en Gumtree. Fue así que luego de una semana y media y un par de trials (pruebas donde ven tus capacidades en acción), es que pude conseguir mi primer trabajo como runner (la persona que lleva la comida a las mesas en los restaurant), a pesar de no saber muy poco inglés.

La verdad es que en un principio sufrí demasiado, nadie hablaba español, mis compañeros muchas veces se enojaban conmigo, porque no entendía bien lo que me decían, en fin, fue muy difícil, pero para eso había viajado a un país de habla inglesa: para aprender. Luego de unos tres meses, fui promovida a mesera, mi inglés había mejorado notoriamente, no solo por el lugar de trabajo, sino que en el departamento donde vivía nadie hablaba español. Además de leer libros infantiles en inglés, fue un mix; estaba en un momento feliz y estable, pero las vueltas del destino son graciosas ¿no? En ese mismo periodo, con mi pareja pusimos fin a nuestra relación a distancia, lo que me impulsó a cambiar de rumbo hacia el norte de Australia, pues hace tan solo un par de semanas atrás se había anunciado la posibilidad de un segundo año de visa para los chilenos y lo vi como una señal, así que luego de pasar el año nuevo en Sydney, partí rumbo a Cairns, Queensland.

Todo por el segundo año

Era enero 2017 y un grupito de latinos se movía poco a poco a la ciudad del norte de Australia con el fin de poder extender la visa por un año más. El problema fue que la rainy season estaba comenzando y con ello, los trabajos de hospitality bajaban. Comenzamos a buscar trabajo en granjas o definitivamente en road houses en medio de la nada. En mi caso, luego de un mes en el que conseguí un par de trabajos, pero con muy pocas horas, decidí migrar a Mareeba  (un pueblito a las cercanías de Cairns), con el fin de probar suerte en farm. Tuve la suerte que al día siguiente de llegar había encontrado trabajo en un granja de limas, donde estuve un par de meses trabajando de picking y packing sola con el dueño. La temporada ya estaba terminando, por lo que solo iba tres veces por semana, lo que se traducía en días no suficientes para lograr la meta de los “88 días”, por lo que comenzó mi travesía por distintas granjas, desde dragon fruit por un par de días, avocado por un mes y medio, blueberries por dos semanas y finalmente basil por mes y medio. Había comenzado a mediados de febrero y recién a principios de agosto había logrado la tan ansiada meta de los días y con ello, la duración del primer año de visa.

trabajando en los cultivos en Australia

Al terminar mi primera año, decidí ir a Bali sola, mi primer viaje sola, donde estuve casi tres semanas explorando las islas y los alrededores, y me reencontré con una compañera de universidad con la cual nunca tuve mayor interacción pero en esos días experimentamos una hermosa química que se convirtió en amistad hasta el día de hoy. Ella llevaba meses viajando en solitario por toda Asia y me inspiró a seguir viajando de tal modo. Así se fueron volando las semanas en esta Isla de Indonesia y por fin llegaba el momento de recargar energías en Chile con la familia, donde a pesar de estar solo tres semanas,  fue tiempo suficiente para volver con todo a Australia.

De vuelta a Australia

El segundo año de Working Holiday en Australia fue muy distinto. Comenzó con un roadtrip por la costa Este del país, donde finalmente decidí regresar a Gold Coast a probar suerte. Sin embargo, a pesar de ser una ciudad muy bonita, con un clima agradable y de haber conseguido trabajo a los días de haber llegado, no logró cautivarme. Pasó un mes y fue en ese momento que recibí un correo de una compañía en Tasmania, a la cual había postulado hace meses, para integrarme al equipo de pickers de frutillas. La verdad ni lo dude, respondí que si me interesaba, compré pasajes para la semana siguiente y renuncié a mis dos trabajos ese mismo día.

Llegar a Tassie fue encontrar paz de manera inmediata, la amada vida simple, donde finalmente estuve cerca de cinco meses, tres de ellos trabajando y dos en un roadtrip con un chico holandés con el cual estuve en pareja la misma cantidad de tiempo de la estadía en la isla. Fue así como llegué a Melbourne, una de las ciudades catalogadas como las mejores para vivir a nivel mundial para dar término a la aventura por Australia, donde tuve una grata experiencia trabajando como kitchen hand en una cafetería, sin lugar a dudas, el trabajo que más me gustó en los dos años de estadía en Australia.

En Tasmania, mi lugar favorito de Australia

El viaje que no termina

Fines de agosto del 2018, se terminaban los dos años de la visa de trabajo en Australia y después de ahorrar bastante, comencé el viaje por el sudeste asiático, el típico viaje «millenial», el cual había planificado meses antes (como buena ingeniera, había elaborado  una planilla excel con todos los lugares que quería visitar y sus presupuestos) y que por fin se comenzaba a hacer realidad.

En un principio iba a partir sola, pero a último minuto una amiga argentina se unió. Recorrimos Indonesia juntas por un mes y nos separamos, ella volviendo a Argentina y yo rumbo a Singapur, donde conocí a otra chilena y quien fue mi partner de viaje (y ahora una mis grandes amigas) por Asia cerca de cinco meses. Viajamos lento, cruzando todas las fronteras por vía terrestre, viajamos «rata», viajamos aprendiendo a disfrutar los olores, los paisajes, la cultura, os pormenores y la comida (y a buscarla, ella vegana, yo vegetariana). Viajamos improvisando, obviamente el Excel y toda la planificación cambió y nos dejamos llevar. Finalmente nos separamos cuando decidimos ir a Filipinas, ella para terminar su viaje y yo para continuar.

En un principio el plan era solamente el sudeste asiático, pero un día mientras nos encontrábamos en las playas de Camboya se pasó por mi mente: ¿por qué no seguir? Y así tomé la decisión de continuar, mis ideas eran ambiciosas, por primera vez opté por no pensar, ni planificar tanto, y siguió la India por dos meses, Nepal por uno, Japón y Corea del sur por seis semanas y China por un mes. Fue precisamente en China, donde partí el Transmongoliano  rumbo a San Petesburgo, pasando por Mongolia y toda Siberia por cerca de dos meses. Corría la primera semana de Noviembre del 2019 y aún me quedaban seis semanas para volver a Chile, por lo que decidí recorrer Grecia, Turquía, dejando una semana para Barcelona, donde debía tomar mi vuelo de retorno.

Finalmente, creo que el dejar la zona de confort, aunque suene cliché, te ayuda a crecer personalmente pues te enfrentas a situaciones que nunca te pensaste enfrentar, donde lo primordial es sacar en limpio lo bueno. Conoces nuevas culturas, conoces nueva gente, la tolerancia crece a un nivel gigantesco (pues claro, no todo es color de rosa), ves paisajes hermosísimos (otros no tanto), te logras conocer, quererte, amarte… Es una experiencia que se la recomendaría a todos que la viviesen al menos una vez en la vida.

Amanecer en Capadoccia, Turquía

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