By Brujula y Tenedor
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Estábamos esperando el bus. Paula, Carolina y yo, en nuestro primer viaje juntas y después de ya cerca de dos meses. Íbamos camino a Phnom Penh, la capital de Camboya, después de haber pasado la última semana bicicleteando por las ruinas de Angkor Wat y totalmente absorbidas por la magnífica pero también trágica historia del país que nos recibía. Habíamos decidido embarcar el rumbo hacia el sur para poder conocer un poco más de esas antes totalmente desconocidas tierras para nuestra pequeña geografía. Creo que quedamos tan capturadas con la historia antigua y reciente de Camboya, que había algo que nos impedía irnos de ahí tan fácilmente. Necesitábamos saber más, ver más y sentir la verdadera cara de lo que había sido el gran imperio Jemer y que tras un sangriento genocidio, intentaba resurgir de las cenizas de uno de los episodios mas despiadados de la historia universal reciente.

Recuerdo perfecto cuando llegó el bus que nos llevaría a destino, más de una hora tarde y al mismo tiempo que el posterior bus que no quisimos tomar en un principio por lo poco conveniente del horario. Cuando ví los dos vehículos juntos, mi cabeza rápidamente agradeció que el nuestro era el pequeño. Más parecido a una micro que a un bus de larga distancia, y bastante más nuevo aparentemente al otro y a la mayoría de los buses en los que habíamos viajado durante nuestro recorrido por el Sudeste Asiático, inmediatamente me sentí más reconfortada pensando que quizás al ser un vehículo nuevo y liviano, iríamos más seguras y zafaríamos de las inevitables panas –y ya casi cotidianas- que habíamos tenido en todos nuestros viajes de más de cinco horas sobre ruedas.

 
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Bicicleteando por los templos de Angkor Wat

 

Nos subimos y como éramos un grupo de tres, en cada viaje cambiábamos el orden de los puestos y en ese, justamente me tocaba a mí ir sentada sola. Esperaba en mis adentros que nadie más se sentara a mi lado por que quería estirarme en ambos asientos y así poder dormir durante un par de horas y romper por una vez con mi clásico insomnio de noches motorizadas. Y tuve suerte. Yo seguía sola y el bus partió. Le pedí al chico que asistía al conductor que por favor me dejara ir sola ya que había por lo menos diez asientos libres en todo el bus y realmente necesitaba dormir. Me dijo que no había problema, que el bus no estaba lleno y que durmiera tranquila. Seguí su consejo. Después de una hora sobre la carretera, y con otras siete por delante, me quedé profundamente dormida.

Al ser ese mi primer viaje al continente asiático, existía en mí una especie de excitación que sólo se puede explicar una vez que se ha vivido una experiencia así. El primer viaje al mundo desconocido. El cumplimiento de un sueño que antes de ser incluso sueño había aparecido como una remota y lejana fantasía que jamás pensé llegar a conquistar. Recuerdo cuando compramos los pasajes con destino Bangkok y al hacer click en el botón “finalizar” un pálpito fuerte y lleno de adrenalina inundaba mi pecho hasta hacerme gritar de emoción por haberme atrevido al fin a cumplir el sueño. Creo que esa ha sido una de las pocas veces en mi vida que el dinero me ha acercado directamente a la felicidad.

Viajar a Asia por vez primera es enfrentarse a una cultura tan diferente como al mismo tiempo fascinante. A sumergirse en un mundo lleno de estímulos, colores, sonidos y olores nuevos, y si bien nos rondó más de una vez en la cabeza la similitud que existe entre las culturas tradicionales del sudeste asiático y algunos de nuestros ancestros latinoamericanos, encontrarse día a día, segundo a segundo frente a aquello era algo maravilloso y mágico para nuestros corazones aventureros. Por la completa y absoluta euforia que sentíamos al despertar en esas tierras cada mañana, fue quizás la razón por la que lo que sucedió la noche del 5 de abril de 2014 no dejó en mí el más mínimo sentimiento de enojo o rencor. Después de todo, esos casi dos meses habíamos vivido la culminación de una fantasía otrora inimaginable, y no podía hacer nada más que agradecer y posteriormente, asumir, que la vida real es siempre mucho más asombrosa e inverosímil que cualquier fantasía.

 
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Las calles de Bangkok

 
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Alucinadas en Angkor Wat

 

Desperté en ese estado en que no sabes si estás soñando o no, sintiendo que algo no estaba bien. Escuchaba gente gritar y notaba un intenso vaivén en el movimiento del bus que me sacó de mi profundo descanso. Fueron segundos que duraron minutos. Minutos dentro de mi mente en los que pensé que todo había terminado y que, a pesar de poder racionalizar así de rápido, no había tiempo suficiente para levantarme, salir, afirmarme de algo o simplemente despertar del todo. Pensé en mi familia, en que triste sería recibir la noticia de la hija loquilla que se había ido con tres chauchas, sin seguro médico y casi sin avisar, de viaje por Asia y no había vuelto. Pensé en mis amigos, en mis hermanas y en los novios que en ese momento no tenía. Pensé en mi futuro y en que ya no había nada más. Así que me entregué. Agradecí a la vida y me sentí, además del profundo e indescifrable miedo, tranquila. Mi cuerpo salió expulsado sin yo poder controlarlo y todo se fue a negro.

 

– ¡Carla! ¡Carla! ¡Carla!… –escuchaba gritar mientras lentamente volvía mi consciencia.
– Aquí estoy… -logré decir con los ojos todavía cerrados.

“Estoy viva” fue lo primero que pensé después de comunicarme con mis amigas que gritaban mi nombre desesperadas. ¡Estoy viva!. Una mezcla de temor y completo éxtasis me inundó y  rápidamente sentí la mano de una de ellas que me alzaba en la oscuridad. Agarré su mano y al levantarme sentí un gran dolor, aunque más grande era el miedo que tenía de mirar mi brazo y quizás no encontrarlo más. Me hice valiente y miré. Estaba ahí. Caído, adolorido e inerte, pero ahí. Me lo afirmé rápidamente pensando que si no lo hacía iba a salir volando por la ventana, como un instinto de protección y cuidado hacia el cuerpo herido y logré a rastras salir del bus que se encontraba volcado y con la parte lateral destrozada sobre un barranco que salía desde la carretera.

Al otro lado del camino había una docena de personas sentadas en el suelo, otras moviéndose nerviosas de un lado para el otro, un bebé llorando y algunos locales intentando entender qué estaba sucediendo. Todos tenían un rostro medio desfigurado por el susto y la confusión, pero estaban todos enteros y sin un rastro de sangre o lesiones. Carolina y yo nos sentamos alejadas y aunque mi amiga no paraba de hablar, yo no escuchaba nada. Sólo sentía el dolor en mi brazo y algunas gotas de sangre que bajaban desde mi nuca por mi cuello. Paula por su lado, intentaba desesperadamente encontrar nuestras pertenencias en el interior del bus a pesar de las advertencias para que no volviese a entrar al vehículo con el miedo de que fuera a explotar. Sin embargo, bananos, mochilas, pareos, hawaianas y sobre todo pasaportes, se transformaron en su mayor obsesión y en su vía de escape para evadir el evento que acabábamos de vivir. El resto de los pasajeros me miraba y hacían preguntas. Yo seguía sin escuchar y Caro trataba por todos los medios que me dejaran tranquila. Yo parecía estar en otra galaxia hasta que de pronto llegó una señora mayor, camboyana, que me abrazaba y me bañaba en “tiger balm”, una especie de mentholatum asiático que, a pesar del hermoso gesto, sólo me provocaba más dolor.

 

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Varios minutos (¿o fueron horas?) más tarde llegó la policía local y después de preguntarnos acerca del chofer del bus que se había dado a la fuga después de estar conduciendo borracho, nos llevó a mi y a Carolina a la posta más cercana. La visita a la posta no muy tranquilizante, ni mucho medios paliativa. Después de cerca de dos horas de radiografías mal hechas en las que con cada movimiento el dolor se hacía más intenso y una sutura de cerca de doce puntos en mi cráneo, sin anestesia y con hilo de pescar, el veredicto final del único empleado que se encontraba en la posta era que mi brazo no tenía nada más que una inflamación del tendón y que después de un par de semanas el dolor iba a bajar. La verdad es que no sé si nosotras no entendíamos muy bien el precario inglés con el que ambos tratábamos de comunicarnos o el pobre hombre que nos atendió sólo trataba de tranquilizarnos y al hacerlo no le quedó otra que mentir. Yo (y Caro también) sabía que aquel dolor no era un tendón. Y eso que una vez hasta se me cortó un tendón –literalmente. Sin embargo, decidí creerle. Quizás por que necesitaba una respuesta o por que en el fondo de mí, la idea de que en un par de semanas todo iba a volver a la normalidad y nuestro viaje podría continuar, era muchísimo más hermosa que cualquier otro escenario en el que me pudiera plantear en ese momento. Con el resultado final como una lesión leve, volvimos al lugar de los hechos y desde ahí y tras largas discusiones y llamadas telefónicas del resto de los pasajeros hacia la compañía de buses, una van nos fue a buscar para llevarnos a Phnom Penh.

 

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Antes de llegar a la ciudad paramos en las oficinas de la compañía de buses y yo me había transformado en la mascota del grupo. Todos me agarraban de un lado para el otro mostrándome ante los funcionarios de la empresa como la “prueba” del accidente, ya que, a pesar de tener sólo un tendón inflamado y unos cuantos puntos en la cabeza, estaba toda envendada, aún con sangre en la piel y sobre todo, con una expresión de haber llegado recién desde otro planeta. Nos devolvieron el dinero del pasaje. Ni un dólar más ni un dólar menos. Frustradas, cansadas y sacudidas, llegamos al hostal donde la noche anterior habíamos reservado una pieza. Durante el resto del día el dolor seguía y a ratos, se acentuaba. Mis amigas, después de actuar de enfermeras, mamás y haber sido la mejor compañía y ayuda que podría haber deseado nunca, decidieron que tenía que ver otro médico.

Llegamos al hospital y lo primero que hicieron fue intentar rehacerme los puntos que me habían cocido en la cabeza. No hubo mucho éxito pero a pesar de haber utilizado una técnica bastante burda, la cicatrización estaba bien y era mejor dejarlo así. Después de otra ronda de radiografías llegó el médico y me dice que lamentablemente no tengo una inflamación del tendón y que es muy difícil que mi viaje continúe. Me había fracturado la clavícula y la escápula (por eso sentía que mi brazo se caía si no lo afirmaba) y, a pesar de esos ser huesos de recuperación bastante rápida, necesitaba cirugía, de modo que el veredicto final esta vez fue volver a occidente, operarme y olvidarme de viajar por el próximo tiempo a venir.

Una mezcla de alivio, resignación y pena me invadió. Alivio por que dentro de todo, mi diagnóstico era bastante bueno. Debía operarme, sí, pero no era una operación muy compleja y la recuperación física iba a ser fácil. Resignación por que no me quedaba otra opción, era lo que había que hacer si no quería quedarme con el brazo caído por el resto de mi vida. Y pena por que mi sueño había llegado a su fin y quizás cuándo, si es que había otra oportunidad, volvería a las calles de aquel continente que tanto y desde cada esquina, me había encantado.

Después de una larga y emocional conversación con mi familia por videollamada, compramos los pasajes de vuelta a Bangkok para yo, esta vez sola, seguir mi camino hacia Madrid, la ciudad que había sido mi hogar los últimos tres años.

Una semana y algunos días más tarde, y después de varios otros episodios y la ayuda de unos cuantos ángeles que se cruzaron en nuestro camino de vuelta a la realidad, volví a España. Sin embargo, mi visita a la madre patria fue corta y la verdad es que no recuerdo mucho el paso del tiempo ni de lo vivido en esos cerca de treinta días entre el accidente y mi operación. Las pastillas de morfina que me habían dado en el hospital de Bangkok para poder soportar el vuelo de vuelta a Europa habían hecho su efecto y me encontraba cada vez más, abusando de su contenido. Lo único que recuerdo es que en algún lugar en el medio de mi paso por Camboya-Tailandia, Tailandia-Alemania, Alemania-España llegué de vuelta a Chile. Después de casi tres años, volví a mi país con la cabeza gacha y cubierta de vendas, con los dos calzones que había logrado rescatar de mi mochila viajera y la ropa puesta que una amiga en Madrid me había prestado, directo al hospital.

 
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La radiografía correcta de la fractura de mi clavícula

 

Finalmente me operaron y comenzó la confusión. Junto con el proceso de recuperación física viene también la piscológica, que es a veces incluso más lenta que la otra. Para ser sincera no me encontraba bien. Toda mi vida había dado un vuelco completo llevándome de nuevo, y después de haber sentido que conquistaba todo aquello por lo que había vivido y trabajado hasta ese momento, al pasado. Un pasado que, a pesar de entender era la mejor forma de realmente sanar las heridas, me alejaba de todos los proyectos que había definido y me traía de vuelta a una realidad que en ese minuto y bajo esas condiciones era una derrota. La frustración de perder el rumbo y el miedo incontrolable que se desencadenó en mi después del trauma del accidente se volvieron mis compañeros y mejores amigos, y a pesar de ir poco a poco volviendo a mí, había momentos en los que sentía que mi vida ya no era mía. Ya no era yo quien se levantaba todos los días, y poco a poco comencé a hacer propio ese sentir que te dicta sobre lo que es debido que hagamos cuando ya tenemos más de 25 años y la vida nos está “enseñando” que después de un evento catastrófico, hay que enderezar el carril y en una palabra, conformarse.

Y así lo hice. Encontré un trabajo acorde con la profesión que había estudiado. Cumplía un horario de 9.00 am a 7.00 pm de lunes a viernes. Tenía tres semanas de vacaciones al año y me acostumbré a sentir ese alivio profundo las tardes de los viernes para volver a deprimirme el domingo. ¡Y eso que me gustaba mi trabajo! Durante dos años le entregué todo mi tiempo a una institución en la que aprendí muchísimo y me hizo feliz, pero a pesar de todo, la esencia siempre vuelve y uno no puede luchar contra su propia naturaleza. Fue así que después de mas de dos años de haber peleado, llorado, reído y finalmente reencontrado y en el mismo camino, encontrado a Edu, decidí (-mos) emprender nuevamente el vuelo, confiar en los instintos y emigrar esta vez hacia Oceanía, en busca de una nueva aventura, con un nuevo partner y de la mano de un hermoso proyecto llamado Brújula y Tenedor.

Hoy llevamos más de dos años viajando y hemos recorrido juntos Australia y Nueva Zelanda, con algunos breves pasos por otros países, esperando el momento para vivir ese tan esperado reencuentro con el continente que ha visto lo mejor y peor de mí. Es así que viajar hoy no es solamente un pasatiempo. No se trata de estar aburrido y querer salir de la rutina. Viajar no es sinónimo de estar perdido o no saber qué hacer con la vida. Mucho menos lo es de miedo a la responsabilidad o al convertirse en adulto. Es una forma de ver el mundo, de entregarse a la vida y abrazar el cambio constantemente. Es vencer el miedo, dejarse impactar con el planeta y asimismo hacerse responsable de él. Es ser adulto, por que cada día debes tomar decisiones que definirán el resto de tu vida. Es vibrar con el próximo destino como un nuevo desafío y sentir del mismo modo el paso del tiempo como el paso de los kilómetros, las experiencias, los paisajes, las hermosas personas y sobre todo, la diferencia.

Decidí seguir viajando, cuando todo en mi mundo me decía lo contrario. Decidí seguir viajando por que esta es y siempre fue mi forma de ver la vida. A través de mis ojos y de los suyos. En mi lugar y en el vuestro. Esta es la forma en la que quiero caminar y cueste lo que cueste, a pesar de las clavículas, los accidentes, el miedo y la total incertidumbre del mañana, no hay nada como despertar cada día y saber con certeza, que aunque el camino se hace pesado y la pendiente va cuesta arriba, siempre habrá a lo lejos un nuevo horizonte por alcanzar.

 

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Fotografías: Carolina Gil Camps

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