By Brujula y Tenedor
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El plan era simple, aprovechar de ver un poco mi país, viajar con mi hermano al que no veía hace casi dos años y reconectar con mi tierra antes de volver al “gran viaje”. Torres del Paine era el lugar elegido. Carpa y saco de dormir en mochila, cocinilla y un montón de tallarines y el avión emprendía raudo su vuelo al sur.

Si bien ya había recorrido el “Circuito Paine” hace unos años (llamado también la “O”) el de ahora era un viaje más fotográfico, buscando lugares, ángulos y animales específicos que quería observar e inmortalizar.

La idea era excelente y ya teníamos los campamentos y hasta algunos pasajes de bus reservados para no quedarnos varados (ahora para ir a las torres hay que reservar los camping con antelación), todo estaba en orden pero había algo que no había tomado en cuenta. Algo que no se puede reservar ni pagar con antelación, algo que está completamente fuera de tus manos y que debes aceptar y abrazar como venga; el clima.

El primer aviso fue al momento de comenzar una caminata para llegar al refugio Grey. Las cuatro horas de hermoso recorrido anunciadas al inicio, se tornaron en seis horas de tortuosa caminata bajo una incesante lluvia de agua-nieve y ráfagas de viento que sobrepasaban los 70Km/h, haciendo del camino un charco constante y de las rocas, plataformas altamente resbalosas. Empapados, armamos el campamento como pudimos, tratando de manera infructuosa de mantener el barro y el agua lejos del interior de la carpa.

 

greyEl día siguiente el panorama no presentaba buenas nuevas, la lluvia no paró ni dos minutos, por lo que las caminatas fotográficas que tanto mi mente había ensoñado, se convirtieron rápidamente en campeonatos de carioca mientras cual gitanos, nos escabullíamos al refugio y colgábamos hasta los calcetines cerca de la calefacción, a lo que los trabajadores no miraban con buenos ojos. Ahí fue cuando preguntamos en el mesón de la recepción cómo se veían los próximos días en cuanto al tiempo; la respuesta fue desesperanzadora. Al menos los tres días siguientes la lluvia sería el principal invitado al parque nacional.

Aunque ya le llevaba una ventaja de cuatro partidas ganadas a mi hermano en carioca, la idea de quedarme dentro de una carpa, durmiendo y viviendo mojados sin poder sacar ni mi máquina de fotos y sin ver lo que quería ver, no era de mi total agrado. No es que tenga fobia a la lluvia, todo lo contrario, me encanta, pero bajo ciertas condiciones no es lo ideal, especialmente si no tienes un lugar seco al que llegar y cuando tienes equipos que no quieres que se mojen.

Tras una breve conversación y gracias también a una guía “Lonely Planet” que llevaban unos polacos con cara de pocos amigos (no había internet ni nada, como para ver un mapa), decidimos que el siguiente paso era abortar la misión fotográfica en Torres del Paine y adentrarnos en el territorio patagónico ché.

Desde Puerto Natales es fácil cruzar hasta el Calafate (nuestro destino elegido), buses salen todos los días y en diferentes horarios, por lo que fue fácil comprar de un momento a otro un ticket para el siguiente bus.

Ubicado en la provincia de Santa Cruz, El Calafate es un pueblo más bien turístico, sus calles son una seguidilla de tour operadores, restaurantes y tiendas de souvenirs, donde queda poco para enganchar con la cultura local en medio de un mar de europeos y asiáticos envueltos en North Face.

Planta y fruto de Calafate

Planta y fruto del Calafate

Esta localidad lleva su nombre gracias al fruto que crece en toda la Patagonia. De tintes morados y pequeño, tiene un parecido al arándano común. Tanto es su fanatismo que no sólo han nombrado un pueblo en su honor, sino que además han creado una amplia gama de los más variados productos elaborados con este fruto. Desde licores, cervezas, mermeladas, alfajores, helados y todo lo que uno se pueda imaginar, tiene su versión “de Calafate”. Por supuesto y en pos de mi espíritu culinario aventurero quise probar los milagros de su sabor. Un helado y un alfajor fueron los elegidos. La expectativa quizás era demasiada pero a mi gusto personal no llegó a la altura de nombrar a un pueblo en honor a su dulce esencia. Llámenme conservador, pero me quedo mil veces con el clásico helado o alfajor de dulce de leche, ¡eso si es placer! Espero con ansias conocer algún día un pueblo llamado “El Dulce de Leche”.

Sin embargo, su principal atractivo es que está ubicada estratégicamente al borde del Parque Nacional Los Glaciares, lo que la hace un paso obligado para todos aquellos que vienen buscando hielos milenarios. Todos los glaciares que pueden verse en este parque provienen del Campo de Hielo Patagónico Sur, la tercera masa de hielo más grande del mundo (después de la Antártida y el Polo Norte) que contiene un área de 16.800 km cuadrados entre Chile y Argentina.

 

glaciar completo

 

Personalmente, siempre había oído hablar del glaciar Perito Moreno, había contemplado sus hielos desfilar por una infinidad de revistas y folletos de viaje por lo que, de forma unánime, fue el primer destino elegido.

Todo lo visto y escuchado no era exageración; Perito Moreno asombra desde que se divisa a la distancia y esa sensación no hace más que acrecentarse a medida que a través de sus pasarelas, uno se acerca a las inmensas paredes de hielo milenario que llegan a alcanzar los 70 metros de altura mientras algunos cóndores danzan en las alturas.

 

CondoresNo será de los glaciares más grandes, pero su posición lo hace sí, uno de los mejores para su visita y observación, ya que una península de tierra firme se acerca hasta tan solo metros de la colosal estructura.El profundo sonido del hielo quebrarse en su interior obliga a contener la respiración y hace que más de alguno se abalance a  a toda costa en búsqueda de una buena vista con la ilusión de ver un desprendimiento monumental. Por un lado me causa una extraña gracia ver como todos esperan a que un gran pedazo de hielo se rompa y caiga al lago, a pesar de todo lo malo que eso significa para el glaciar. De alguna forma, nos gusta ver a la naturaleza como un objeto realizador de performances para nuestro regocije personal.

Edu mirando

Más allá de eso, y abstrayéndose del público; desde lo profundo de una insondable neblina, se observa la lengua de hielo aparecer, como si las montañas, recelosas, quisieran ocultar su origen y guardarse para ellas tan preciado secreto. Todo esto se conjuga en la sensación como si estuviera uno de viaje en el tiempo hacia una era geológica perdida en el pasado.

Ya de vuelta en nuestro alojamiento, nos preparábamos para otra visita dentro del mismo parque para el día siguiente, la localidad del Chaltén y envueltos en nuestras misteriosas cavilaciones, los fríos sueños apagaban el día.

El Chaltén es una de las principales localidades en Argentina para la práctica del trekking; es algo así como un Torres del Paine en miniatura. Hay caminatas desde uno a 3 o 4 días, acercándote a la base del icónico monte Fitz Roy.

 

Camino

 

No sé quién de nosotros andaba con la mufa, no supe quien era el yeta, pero tan pronto llegamos al Chaltén y nos preparábamos para la caminata del día, comenzó a arreciar la lluvia, viejo enemigo. Unas gruesas y pesadas nubes abrigaban tan bien el monte Fitz Roy que no pudimos ni verle la punta. Nos invadió una sensación de impotencia mientras entre nuestras palabras se cruzaba un “asi es la vida”, un “para la próxima será” y un “igual la hemos pasado bien”, todas ciertas sin duda, pero arrojándolas como pequeños consuelos que poco hacían para evitar la desazón.

El parque está bien protegido y es posible con un poco de suerte y cautela observar alguno que otro animal. Por suerte la bajada del monte nos entregó una pequeña sorpresa. No fue el esquivo huemul ni el magnífico puma, pero de igual manera nos maravillamos con la presencia de un pequeño Carpintero Magallánico, que haciendo caso omiso de nuestra presencia picoteaba con ahínco la corteza de un árbol mas bien viejo en busca de insectos para cenar.

 

mix carpinteros

 

Con mejor ánimo, continuamos nuestra bajada al Chaltén para luego tomar el bus a El Calafate y probar en nuestra última noche el tan preciado (¡y con razón!) cordero magallánico. Hasta pronto Argentina bienvenida la ruta de vuelta a Puerto Natales.

No fue el viaje esperado, no regresé con esos ángulos soñados de los Cuernos del Paine, ni con esplendorosas fotos de pumas cazando guanacos. Volví con un agridulce sabor; con la extraña sensación de no entender bien que pasó ni donde estuve. Y es que los viajes no siempre te darán lo que buscas y comprar pasajes no te asegura tomar el avión ni visitar el destino. Viajar solo te asegura salir y ver que pasa allá afuera, luego vendrá el tiempo de improvisar y he ahí el principal secreto. Darse la posibilidad de flexibilizar, de saber ser aventurero y saber también cuando retirarse; de cambiar el plan así sin más y que no te retenga el que dirán. Siempre encontrar la ruta personal sobre la superficie del presente.

 
Viejo muelle de Puerto Natales

Viejo muelle de Puerto Natales

 

 

 

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