By Brujula y Tenedor
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Santiago es una fea ciudad, con bellos momentos – Nicanor Parra

Santiago de Chile: gran capital situada en el centro de un largo y estrecho país. Rodeada por una impresionante y majestuosa cordillera, que lamentablemente, pocas veces se deja ver, y centro urbano de casi la mitad de habitantes de todo el país.

 

Vistas desde el centro de Santiago de Chile un día de invierno

Plaza de Armas, Catedral de Santiago, Cerro San Cristóbal, Cerro Manquehue y Los Andes.

 

Punto neurálgico de operaciones laborales, culturales, políticas y sociales, y como toda buena mega-urbe latinoamericana, ícono de la desigualdad nacional.

Sin embargo, no todo en Santiago es tan malo. Además de los “tacos” la contaminación y las aglomeraciones, la ciudad tiene su cuota de entretenimiento, variedad de actividades de todo tipo, centros de ocio y cercanías a espacios naturales privilegiados en las cuales poder salir a caminar y respirar un poquito de aire. Con más de 800.000 kilómetros de diámetro, Santiago nos muestra en todo su esplendor, las grandezas y bajezas que el ser humano es capaz de ejercer.

Quizás porque esta es mi ciudad natal, y lugar donde he vivido la mayor parte de mi vida, me siento con la propiedad de insultar y al mismo tiempo alardear de un territorio que, tal como dice Nicanor, se muestra ante sus habitantes más hostil de lo que verdaderamente es. Quizás porque últimamente se nos hace difícil levantar la mirada y apreciar la gran reina que nos guarda entre sus brazos, y así mismo tomar consciencia que somos parte de un todo y que tirar basura en la acera destruye mucho más de lo que creemos, es por lo que esta ciudad en el día de hoy es mucho más vilipendiada que alagada.

 

Lo que no se ve. Desde Maipú.

Lo que no se ve. Desde Maipú.

Días grises, sin aire que respirar… caras hastiadas de la cotidianidad, vagones olientes a sudor y resfrío y un día que se concentra básicamente en la luz que nunca pudimos ver por estar en nuestro cubículo en la oficina, son algunos de los pensamientos que vienen a la cabeza cuando pienso en el invierno de esta ciudad. Sin embargo, cuando la lluvia nos regala su presencia, poco a poco se comienzan a sentir los primeros soplos de aire fresco y la gloriosa espina dorsal de Sudamérica comienza a asomarse ante nuestros ojos y lo mejor y realmente único que tiene esta ciudad, se descubre para recordarnos que lo mejor que podemos ver no está en una pantalla, sino abriendo nuestra ventana.

No hay un mejor día en Santiago de Chile que aquel día de sol después de la lluvia, en el que abrir la puerta es un regalo para que el viento fresquito entre por nuestras casas y pulmones, donde los colores se ven brillantes y definidos… donde al salir a la calle podemos observar el grandioso cordón que nos rodea en 360º y las cumbres de la montaña nos invitan a subir para palpar un poco de su gloria. Lo mejor de todo, ocurre cuando este día es domingo. Y nos abalanzamos en el último almacén de barrio que va sobreviviendo, y la inspiración y el frío después de la caminata matutina nos llama a gritos a meternos a la cocina y ensuciarnos las manos para cocinar una de las tantas cosas ricas que tiene el invierno de mi país: la sopaipilla.

 

Camino a la Cordillera

 

Si bien la sopaipilla es un clásico latinoamericano, cada país tiene su propia variante, adecuada a los productos típicos de la zona y con distintos nombres característicos de cada territorio. En Chile, se caracteriza por utilizar el “zapallo” o calabaza, y por tener dos versiones (dulce y salada) en las que en ambos casos la evolución ha sido constante. Su producción y venta también ha cambiado, siendo antiguamente una preparación más bien casera, que se realizaba tradicionalmente en los días de lluvia y se compartía con la vecindad, hasta llegar a comercializarse en carritos ambulantes que itinerában (y hasta el día de hoy continúan) por la ciudad ofreciendo el producto a módico precio. Hoy podemos encontrarlas en todas sus variantes y versiones: desde el congelado en el supermercado, hasta esa bien casera que casi se sienten las manos de quien la amasó. De todas formas, sin importar el paquete en el que venga, la sopaipilla siempre será un clásico invernal y nos recordará esos días en los que volvíamos del colegio con los calcetines mojados y un gran y hermoso plato de esas masitas amarillas nos esperaba en la siempre calientita cocina chilena, donde la familia se reúne a tomar la “once” (o merienda) y donde aún permanecen las personas que hacen  y reflejan lo más hermoso que tiene Santiago y por lo que siempre vale la pena volver.

Para los que nos quieran visitar desde el paladar y vivir con nosotros uno de esos fríos pero cálidos días de invierno, dejo aquí la receta:

 

Ver receta:

 

 

 

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